Cuando empecé en la meditación…

Cuando comencé a meditar me dolía el cuerpo al sentarme; me dolían las piernas, me angustiaba durante los primeros minutos y cada día me costaba más tener la espalda recta y sobretodo, estar en silencio…

Eso de estar en silencio y sin hacer nada era más difícil de lo que pensaba.

Al principio todo eran problemas. Una cosa que parecía tan fácil.

Me angustiaba la idea de seguir en silencio en los últimos momentos de la sentada. Recuerdo sesiones que las viví como una eternidad esperando a que llegara el final.

Con actitud desapacible, entre dolores musculares y pensando en acabar no me daba cuenta que estaba haciendo lo más importante: Querer sentarme todos los días.

Recuerdo que me picaba el cuello, la nariz y la cabeza. Nunca antes había permanecido en silencio, sentado y prestándome tanta atención.

Me sorprendía lo simple que era todo esto. Sentarme y ser consciente de la respiración, nada más.

Con intranquilidad prestaba excesiva atención a mis dolores en esos momentos, en esa postura. Molestias localizadas normalmente en la espalda y en las piernas mientras intentaba acomodarme dentro de la incomodidad.

Esa incomodidad duró poco. Ahora lo más duro era no participar en primera persona en todo lo que se me pasaba por la cabeza. Simplemente observar.

Pasados los problemas físicos vino la intranquilidad mental

Era entonces al centrarme en la respiración cuando me angustiaba y acto seguido comenzaba entonces en mi cabeza un desembarco de pensamientos.

Tras la incomodidad inicial de la postura, me daba cuenta que ahora llegaba la parte más difícil de todo esto. Si no había sido capaz de controlar mi cuerpo, como pretendía controlar mi mente.

Eran muchas las resistencias que encontraba haciendo una práctica de la que conocía muy poco.

Tenía ganas de adentrarme en la meditación y en el Silencio con rigurosidad, pero el camino era difícil ante una disciplina que conlleva la obligación de sentarse todos los días fatigada por la idea de no pedir nada a cambio.

Poco a poco noté que si restaba participación a mis pensamientos mientras meditaba estos se acababan presentando en su más entera naturaleza.

Sentarme sin objetivo alguno. Con total entrega.

Sin pretender nada.

Unas de las cosas que más me ayudó fue el contar las inspiraciones y espiraciones. Recuerdo que pasados unos minutos contaba sólo las espiraciones que se volvían más profundas que las inspiraciones.

Así medité mucho tiempo, consciente de la respiración los primeros minutos de una forma lenta y concentrada.

Entre verdaderas batallas mentales de mi mente siempre tan imaginativa, fui dándome cuenta que la meditación no suponía relajación ni entrar en ningún estado de laxitud. Era todo lo contrario; era atención y observación.

Con el tiempo desapareciendo las molestias y las batallas fueron pequeñas luchas.

Con el tiempo me di cuenta que las molestias iniciales las puse únicamente yo en cada sesión de meditación.

De esos inicios se me quedó grabado lo más importante: la motivación y la constancia. Por un lado, una motivación desinteresada; por otro una constancia acrecentada por los resultados de la meditación en sus inicios obtenidos al abrirme a ella sin expectativas.

La meditación es pura observación

Fueron pasando las semanas y los meses, donde la fortuna cambiante de la vida me hizo ver diferentes planos para comenzar a percibir que casi todas las cosas que pensamos son irrelevantes y realmente nada merece la pena ser muy analizado.

Ver nuestro sufrimiento y conocerlo es saber lo que nos hace sufrir.

Saber que ante una desgracia no es la desgracia en sí lo que nos duele, sino la forma de afrontarlo. Que ante una desdicha, solo el dolor es nuestro mejor maestro.

En cada sentada comencé a darme cuenta que si bien el dolor estaba ahí y permanecía inmóvil, el sufrimiento era cambiante.

Los pensamientos solo y exclusivamente dependían de mí. De nadie más ni de ninguna circunstancia.

Meditar se estaba convirtiendo en un vicio que me otorgaba “un darme cuenta” de la estupidez mental a la que estamos sometidos.

Fue todo un placer conocer esto.

Darme cuenta que los problemas que me preocupan no son reales. A esto solo llegué por medio de la observación.

La meditación era una gran puerta a la realidad

Permanecer quieto y en silencio es estar atento y sin distracciones para poder observar.

Pasados esos comienzos hice meditación todos los días con la intención de ver y observar continuamente esa realidad.

Esa gran realidad donde ya no me preocupaba el dolor de mi espalda, de mis piernas y donde no presté atención a nada.

Una realidad donde no cabe la imaginación de los pensamientos.

Permanecer en silencio para poder ver esa gran realidad.

Así comencé yo en todo esto.

—Rafa García


Cuando empecé en la meditación…
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6 Comentarios Cuando empecé en la meditación…

  1. LUC

    Hola Rafa. Enhorabuena por el blog. Me ha parecido muy interesante y real cómo narras tus inicios en este mundo. He visto mi total reflejo. Gracias por compartirlo.

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  2. Pingback: ¿Cuánto tiempo debo meditar diariamente? | vivir meditando

  3. LUC

    Hola Rafa ,
    Al hilo de una frase que aparece en este post y que te transcribo literal: “Darme cuenta de que los problemas que me preocupan no son reales”; tengo una pregunta : ¿Qué es entonces lo real? ¿Cuál es la verdadera realidad que, según comentas, solo se percibe a través de la meditación?
    Si por ejemplo una madre tiene un hijo enfermo y por ende, está preocupada por ello. ¿La preocupación que tiene por ese problema no es real?

    Gracias

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    1. Rafa García

      Hola Luc,
      Es difícil explicar esa frase en ese contexto. Lo haré lo mejor posible.
      Cuando se habla de cual es la verdadera realidad, nos podemos referir por ejemplo (entre otras muchas cosas) a que el dolor existe pero el sufrimiento es opcional.
      Ver la realidad significa ver y vivir una vida alejada de sufrimiento.
      ***
      Sobre el ejemplo que tu misma hablas…
      Una madre tiene un hijo y ese hijo está enfermo.
      Esa madre se conmueve y sufre porque con la misma enfermedad que su hijo, hay otros niños que han empeorado. Pregunta a médicos y no le dan solución a su angustia producida por la idea de que su hijo empeore o algún día le falte. No ve la solución a este problema ni a la enfermedad de su hijo. La preocupación que tiene por este tema le lleva a analizar y cuestionarse si realmente está siendo bien tratado, está siendo bien atendido en su enfermedad y si esto no fuera así, ¿A quien recurrir?. No sabe a quien preguntar.

      Si miras los sinónimos de la palabra que tu has utilizado “preocuparse” encontramos: desasosegar, intranquilizar, ansiar, inquietar, alarmar, recelar, angustiar, obsesionar, afligir, ofuscar, desvelar, impacientar. En una palabra… sufrir.

      P.D.:La única frase real de todo lo que te escribí anteriormente es… “Una madre tiene un hijo y ese hijo está enfermo”… todo lo demás, no existe.

      Gracias por tu comentario.

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